El mayor número
de accidentes lo tienen los ultraligeros de
tercera generación (45’45%), con un
importante porcentaje de muertos, debido
principalmente a que son aviones que se
utilizan un elevado número de horas puesto
que sus prestaciones y acondicionamiento le
permiten condiciones climatológicas más
duras, trayectos largos, y se utilizan
habitualmente en modalidad biplaza, ya que
su confort hacen de ellos aviones óptimos
para “dar una vuelta a los amigos” o viajar
con la pareja. Por el contrario, el
porcentaje de heridos es muy bajo, ya que
sus altas prestaciones hacen que un
aterrizaje forzoso sea de alto riesgo.
Siguen de lejos
los de segunda generación, que con un 22’73%
supone la mitad de siniestros que los
anteriores. Son aparatos con cierta
comodidad, pudiendo realizar los objetivos
que los de 3ª generación pero con
limitaciones (hacen más ruido, no tienen
calefacción, son más “feos” interiormente,
etc) por lo que se utilizan en menos
ocasiones y a menudo en configuración
monoplaza. Las características de este tipo
de ultraligero, con una baja velocidad de
pérdida, de menor peso que los anteriores
pero robustos, etc, hacen que el número de
muertos sea menor, incrementando el de
heridos.
Les siguen los
pendulares, con un 13,64 % de los
accidentes. Prácticamente reduce el número
de accidentes del tipo anterior a la mitad,
si bien es cierto que el número de
matrículas también disminuye en la misma
proporción. El porcentaje de muertos es
similar mientras que el de heridos es muy
inferior. Este tipo de aparatos tienen un
muy baja velocidad de pérdida y normalmente
un peso muy bajo. Por el contrario, en un
alto porcentaje suelen ser ultraligeros de
estructura muy sencilla y ya de edad
avanzada. Son aparatos más limitados por la
climatología y suelen ser utilizados, tanto
para viajar como para dar un pequeño paseo
de palomar.
Los porcentajes
del tubo y Tela son muy similares a los de
los pendulares, con una puntualización: el
porcentaje de matrículas de tubo y tela es
el doble que los pendulares. Es decir, para
el doble de aparatos, el número de
accidentes es el mismo. Tanto los
porcentajes de muertos como de heridos son
de los menores, debido principalmente a las
características ultraligeras de este tipo de
avión, es decir, poco peso, poca potencia y
baja velocidad de pérdida. Hay que tener en
cuenta que este tipo de ultraligero aparece
en 1982 (las primeras matrículas) y con el
paso del tiempo han sido, en muchas
ocasiones, relegados al fondo del hangar,
sustituidos por nuevos aparatos de altas
prestaciones y alto precio. Pero en todo
caso, y cojamos las estadísticas de
accidentes por donde las cojamos, siempre
son los ultraligeros de inferiores
porcentajes, lo que se traduce en una baja
siniestralidad.
Y finalmente los
autogiros. La siniestralidad es semejante a
los ultraligeros de tercera generación. Esto
es una verdad a medias. Hay que sacar una
lanza en su favor. Dado el bajo número de
matrículas de autogiros con respecto al
resto de ultraligeros (tan solo el 3’9%), el
más mínimo accidente dispara las
estadísticas. Además, no depende del tipo de
aparato, ya que todos los accidentes
ocurridos en autogiro conocidos han sido por
fallo humano.
Relacionando el
número de accidentes con el número de
matrículas, los porcentajes de
siniestralidad serán los siguientes:
|
Tipo |
% Accidentes
Con daños |
% Muertos |
% Heridos |
|
3ª generación. |
4,38 |
5,26 |
1,53 |
|
Autogiros |
4,28 |
5,71 |
0 |
|
2ª generación |
2,63 |
1,05 |
2,37 |
|
Pendulares |
2,17 |
1,45 |
1,45 |
|
Tubo y tela |
0,84 |
0,67 |
0,6 |
Proporción por matrículas.
Es decir y a
modo de ejemplo, el 4,38% de los aviones de
3ª generación tienen un accidente. Los
porcentajes de muertos y heridos no son el
todo correctos, ya que relacionan número de
personas muertas con número de aviones
(matrículas) y no con número de usuarios que
es lo que debería de compararse. Pero
orienta sobre la tendencia del número de
muertos, heridos, etc.
Destaca la alta
siniestralidad de los aviones de tercera
generación y autogiros, así como su elevado
porcentaje de muertos.
Por el
contrario, destaca la baja siniestralidad
general de los Tubo y Tela.
En el medio
quedan los aviones de 2ª generación y los
pendulares.
Para conocer las
posibles causas, se hace un porcentaje con
respecto al total de accidentes de cada
clase, de las diferentes causas que originan
el accidente. Se refleja en la siguiente
tabla y ordenando las clases con relación a
la siniestralidad obtenida en la tabla
anterior.
|
Causa |
3ª gen. |
Autogiro |
2ª gen. |
Pendular |
Tubo tela |
|
Fallo estructural |
5 |
|
10 |
|
|
|
Fallo humano |
70 |
100 |
60 |
67 |
80 |
|
Fallo motor |
25 |
|
30 |
16,5 |
20 |
|
Meteorología |
|
|
|
16,5 |
|
Y los
porcentajes con respecto al total de
accidentes se reflejan en:
|
Causa |
Total |
|
Fallo estructural |
4,5 |
|
Fallo humano |
70 |
|
Fallo motor |
23 |
|
Meteorología |
2,5 |
Conclusiones:
¿Porqué los
aviones más adelantados son los que más
accidentes provocan si, además no son los
más numerosos?. ¿A qué se debe la alta
siniestralidad de los autogiros si son
aviones que surgieron precisamente para
hacer un vuelo más seguro?. ¿Porqué los
pendulares son semejantes en siniestralidad
a los de 2ª generación?. ¿A qué se debe la
baja siniestralidad de un tubo y tela si son
aparatos con estructuras tubulares
endebles?.
Cada uno que
saque sus conclusiones o que tenga su
opinión al respecto. Pero para mi, las dos
claves en las causas originarias de los
accidentes son formación y mantenimiento.
El porcentaje
del 70% general de fallo humano es
inaceptable. Esto denota una falta de
formación importante y que tiene fácil
solución, no siendo necesario el que del
curso para obtener la licencia se obtengan
todos los conocimientos, si no que los
pilotos han de tener claro que cada nuevo
aparato que vuelan requiere una formación,
que las altas prestaciones de los modernos
ultraligeros requieren conocimientos
avanzados de navegación, que existe una
calificación especial de radiofonista, etc.
En este sentido,
cabe destacar la causalidad de los
autogiros. El 100% de los accidentes son por
fallo humano. En algún caso por falta de
procedimiento, en otros por “sobremando”,
una mala cualidad de los autogiros antiguos
sin estabilizador de cola, subsanado ya en
los nuevos modelos; y en general por no
haber recibido la formación específica para
este tipo de aparatos.
Esta, es una
deficiencia de la legislación actual de
ultraligeros. Hay lagunas en una legislación
obsoleta, dirigida a los modelos más
antiguos (tubo-tela y pendulares), dejando
de lado a los modelos más avanzados de 3ª
generación y a los autogiros. Con errores
dentro de la forma de obtención de las
diferentes calificaciones.
Estas
deficiencias hacen que paguen justos por
pecadores. Así por ejemplo, la seguridad
hace que los ultraligeros más avanzados, al
salir del palomar y hacer rutas de larga
distancia, sobrepasen los 1000 pies
establecidos. Un piloto con licencia y
calificación de DCG (pendular) puede matarse
legalmente en un modelo de palanca, ya que,
sin haber sido obligado a hacer un curso en
este tipo de aparato, la administración le
dice que puede hacerlo. Menos mal que el
sentido común y el instinto de supervivencia
hace que esto no ocurra. Pero siempre hay
excepciones que cumplen la regla.
En el caso de
los autogiros, este atrevimiento se
pronuncia, ya que ambos aparatos tienen una
configuración de mandos similar (palanca y
pedales) más la forma de comportamiento de
ambos aparatos es totalmente distinta.
Los fallos
estructurales que aparecen como causa en
algunas ocasiones, suelen deberse a un bajo
o incluso nulo mantenimiento del avión. De
la misma forma, un alto porcentaje de los
fallos de motor son debidos a la misma
causa.
¿Cómo debería
corregirse todas estas deficiencias?.
Unificando el sector en todos sus ámbitos,
es decir, coordinando a las
administraciones, a las escuelas de vuelo, a
los clubes de vuelo y a los propios
usuarios.
Primeramente,
sería necesaria una adaptación de la
normativa. Diferenciar las calificaciones
necesarias para los diferentes modelos de
ultraligeros, definir las condiciones
mínimas de los terrenos (pistas) donde se
ubiquen los centros de vuelo y las escuelas,
homogeinización de los exámenes en todo el
territorio nacional, etc.
En cuanto a los
seguros, parece injusto que paguen justos
por pecadores. ¿Porqué ha de pagar la misma
póliza un aparato con una siniestralidad del
5’26% de muertos que uno del 0’67%?. Este
estudio deja claro que no es lo mismo un
tubo y tela, en cuanto a siniestralidad se
refiere, que un 3ª generación.
Las escuelas de
vuelo han de tener claro que son básicas en
la formación de los pilotos, y que esta
actividad conlleva un riesgo, siendo ellas
las que deben de inculcar esto en la mente
del alumno. No se hace un favor a un alumno
por hacer menos horas y conseguir así el
curso más barato, ni en caso contrario,
darle más horas de las necesarias sin
avanzar en la experiencia como piloto al
mando para engordar las arcas del club y/o
instructor. La profesionalidad por parte de
los instructores ha de ser total.
Otra apreciación
que quiero hacer aquí es el uso de los
modelos de 3ª generación casi exclusivamente
para impartir las clases prácticas. Es
difícil encontrar escuelas donde se imparta
clases en un tubo y tela o un pendular. Y es
imposible encontrar ahora mismo una escuela
que imparta clases en un autogiro ya que,
hasta la fecha no hay ningún modelo
homologado en este país.
Sería curioso
hacer una comparativa entre todas las
escuelas y ver el número medio de horas que
hacen sus alumnos, el tipo y número de
aviones que tienen y el número de incidentes
que finalmente “`producen” los pilotos que
hayan sacado el título en esa escuela.
Y los clubes, ya
que estos también pueden participar del
fomento de la actividad con reuniones de
voladores, concentraciones, ferias,
competiciones, etc.
Una idea que me
ronda puede ser el implantar un “sello de
calidad” para las escuelas, donde haya
escuelas de primera y de quinta, dependiendo
de sus instalaciones, infraestructuras
aéreas, número de calificaciones posibles de
conseguir, resultados posteriores, etc; y
para los clubes dependiendo de su actividad,
fomento, instalaciones, etc. El problema es
quién determina qué categoría tiene cada
cual y sin caer en intereses económicos.
Pero el usuario final tiene derecho a estar
informado de qué escuela es, comparándola
con las demás, mejor y cual es peor,
pudiendo elegir finalmente él libremente
dónde quiere formarse como piloto.
Y finalmente,
los más involucrados en todo esto debemos de
ser los propios usuarios. Al igual que
cuando vamos volando hemos de tener presente
que el motor se puede parar en cualquier
momento y tener así la situación prevista y
por tanto controlada, debemos de tener
presente la famosa frase socrática de “Sólo
sé que no sé nada”. Cada minuto que pasamos
volando es un minuto que pasamos
aprendiendo. Y no pensar que tenemos
conocimientos plenos y experiencia total.
Los pilotos más humildes son los que más
horas de vuelo tienen. Reconozcamos nuestras
deficiencias y corrijámoslas con las ayuda
de un profesional.
Pero la mayor
deficiencia de todas es la falta de datos
para poder llevar este estudio de una forma
más rigurosa, sobre el número de licencias o
incluso sobre el número de horas voladas.
Los datos existen, ya que los campos de
vuelo están obligados a remitirlos a
Aviación Civil, pero a menudo, muchos campos
“de quinta” no los remiten. Y una vez estén
en la Dirección General, no se procesan de
ninguna forma, simplemente ocupando espacio
en una estantería polvorosa o a lo sumo, y
con suerte, en un disco duro de algún
ordenador arrinconado.
28 de octubre de
2005.